Hangar Político

El espacio donde el ciudadano del común se apropia de los asuntos públicos mundiales

La educación para reconstruir Chile

La cicatrización de las laceraciones provocadas por la violencia en Chile aún no ha culminado, después de 40 años del golpe militar que, liderado por el general Augusto Pincohet, derrocó al entonces presidente, Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Los estragos de la dictadura chilena, que vio caer su telón en 1990, han sido reconocidos por la amplia paleta de matices políticos, desde la derecha, que llegó a ser soporte de Pinochet, hasta la izquierda, que tiene en sus filas a un nutrido grupo de víctimas del absolutismo, mientras el frente de la educación posconflicto, fiel aliado de la verdadera reconciliación y de la recuperación democrática, ha sido minimizado.

La campaña presidencial en curso demuestra cómo la polarización política ha anubarrado otros escenarios dispuestos para recomponer el país. No son exiguos los espacios en los que se ha reducido la contienda electoral a un enfrentamiento entre dos herederas de la dictadura chilena. La expresidenta Michelle Bachelet, candidata por la Nueva Mayoría, una coalición de oposición, es hija del general Alberto Bachelet, quien, en 1973, siendo una de las cabezas de la Fuerza Aérea, se opuso al golpe contra Allende. Su principal contendora, la oficialista Evelyn Matthei, es hija del general Fernando Matthei, también miembro de la Fuerza Aérea, y quien además era el director de la Academia de Guerra Aérea, donde el general Bachelet fue torturado meses antes de su muerte.

Al respecto, Bachelet ha declarado que no culpa al general Matthei de la muerte de su padre, posición que, emancipada de sus motivaciones, recomienda tener en cuenta que por el bien de Chile no es saludable que el próximo presidente sea impuesto por lo que podría considerarse como la indisoluble coyuntura que divide al país entre adeptos de Pinochet y sus contradictores, mientras hay problemas de urgente atención que son aplazados sin clemencia. Concederle a los procesos electorales el poder de moldear la historia y la cultura alrededor del régimen militar que se prolongó durante 17 años es otro peligro que se corre, debido a la ligereza con la que el sistema educativo chileno aborda el tema.

No ha habido un blindaje de las instituciones educativas contra las disputas ideológicas que pueden terminar excluyendo a la dictadura de la enseñanza de historia que reciben los niños, así después de la reforma educativa de 2009 se reconociera la trascendencia de incorporarla a los currículos escolares.

La fragilidad de este flanco de la enseñanza quedó clara cuando en diciembre de 2011 el Consejo Nacional de Educación (CNED), un organismo estatal creado por la misma reforma de 2009 para trabajar por la calidad educativa, aprobó un decreto que establecía las bases curriculares de la educación básica con el que se consideraba implementar la palabra régimen militar, en lugar de dictadura, para referirse al periodo en el que gobernó Pinochet, cuando más de 3 mil personas fueron desaparecidas o asesinadas y por lo menos 30 mil tuvieron que soportar torturas.

Sin la fuerza del descontento popular, los textos escolares chilenos habrían suprimido de sus páginas la palabra dictadura. Por petición del Ministerio de Educación, el CNED reconsideró su decisión tan solo dos meses después, pero el énfasis en las violaciones a los derechos humanos durante los años en los que Pinochet capturó el poder sigue siendo tímido y la correcta aplicación del currículo que aborda el tema no es certificable, con lo que los niños que reciben la educación pos-Pinochet están expuestos a un vacío histórico que se está llenando en escenarios más contaminados como el electoral. (Ver un caso fallos educativos en Colombia).

En 1999 Pinochet aseguró que “los estudiantes van a la universidad a estudiar, no a pensar… y si aún les quedan energías, para eso está el deportes”. Su pensamiento primitivo debe ser combatido desde el colegio, por lo que el trabajo en el sistema educativo pide un refuerzo de urgencia, pues el tiempo reclama poner los pies en el siglo XXI para acabar de recomponer la nación.

A pesar de haber miles de desaparecidos, solo cerca de 50 de los 250 condenados por delitos en la dictadura pagan sus penas en la cárcel. Foto: pslachevsky via photopin cc

A pesar de haber miles de desaparecidos, solo cerca de 50 de los 250 condenados por delitos en la dictadura pagan sus penas en la cárcel. Foto: pslachevsky via photopin cc

El llamado del campo

Solo faltaba que germinara. No el fruto del campo, sí la indignación por el olvido que allí mismo se sembró durante décadas y cuya respuesta le ha abierto un lugar más cómodo al miedo que a las soluciones. La policía reprime y abusa de la fuerza; también hay quienes se sirven de la decepción que se ha volcado a protestar en las calles para saquear y apedrear, mientras los campesinos asfixiados responden: “no más violencia”. Ya la han padecido y ella es otra de las razones de sus penurias, que corren el riesgo de verse eclipsadas por la polarización entre “vándalos y honrados”, como si no fuera todo el país el que necesita respuestas y acuerdos.

La estigmatización de la protesta es la antítesis de las soluciones y se ha practicado durante más de 30 años, los mismos en los que la concentración de la tierra se ha agudizado en detrimento del campo, pues Colombia tiene actualmente más territorio dedicado a la minería que a la agricultura de la que alguna vez se vanaglorió y que hoy reclama su lugar, al que solo se puede aspirar si se garantiza el reconocimiento político que los campesinos han debido tener desde antes de la rauda abolición del proteccionismo económico que fue sustituido por el Gobierno de César Gaviria –seguro otros habrían hecho exactamente lo mismo– por el libre comercio.

Más apertura y más competencia se empotraron en las tierras colombianas, pero también más desigualdad y menos paz. Han sido por lo menos 17.559 los campesinos, en los últimos 24 años, víctimas de violaciones de derechos humanos e transgresiones al Derecho Internacional Humanitario, según el informe “Luchas sociales, derechos humanos y representación política del campesinado 1988-2012”, desarrollado por el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP).

El abuso de los paramilitares, las guerrillas y de la Fuerza Pública ha promovido en el campo un gélido silencio que se rompió justo cuando el gran debate del país tiene su epicentro en Cuba, donde precisamente la representación de las víctimas del conflicto armado ha sido, hasta el momento, peligrosamente exigua, a pesar de que es fundamental para llegar a acuerdos más oportunos para el futuro del país se pacte o no la paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

El llamado de los campesinos no es reciente, según el CINEP ellos han sido los protagonistas del 15,5% de las protestas sociales que han tenido lugar en Colombia desde 1988, aunque pareciera que sí es escuchado por primera vez. No solo reclaman el desmantelamiento de la violencia y la inclusión política, pues además no tienen las capacidades para hacerle frente al poder de los monopolios que controlan la producción y venta de los insumos que ellos necesitan para producir sus cosechas. El respaldo del Estado es esencial, no solo mediante créditos, pues controlar el funesto contrabando debe ser una prioridad, para lo cual es también indispensable arreciar la lucha contra la corrupción.

El paro agrario, brioso hasta ante los intentos de invisibilizarlo a través de discursos que niegan su existencia, clama por la evolución del campo, que es lo mismo que la evolución del país. Son los funcionarios públicos corruptos los que permiten el accionar de los contrabandistas, son los políticos codiciosos los que evaden su compromiso con los campesinos y los ciudadanos los que cada cuatro años evitan castigarlos con su voto porque el día de elecciones la lluvia, o lo que sea, no los deja. Al día siguiente todo vuelve a ser la mismo: polarización, “vándalos y honrados”, indignación, y los campesinos atrás, intentando que los escuchen.

En los confines del lenguaje

Las fronteras del lenguaje, menos arbitrarias, asfixiantes y rígidas que las que los hombres nos hemos impuesto, permiten franquear las barreras fabricadas por las visas y los pasaportes y a la vez nos recuerdan que tenemos una historia, que no solo existimos, sino que somos parte de realidades que en ocasiones se escapan de nuestro entendimiento. El español, fuera de las vestiduras de la Real Academia Española y de otras instituciones, así lo confirma, haciendo gala de su inminente expansión.

De ninguna manera se trata de un sencillo fenómeno lingüístico. Sus fibras las constituyen, además, el desastre económico mundial de los últimos años, la masificación de los movimientos migratorios y el interés despertado por la colmena más amplia del español: América Latina. Constancia de ello me quedó cuando tuve la posibilidad de conocer un pedazo del mundo, condensado en Alemania.

Sin poner un pie fuera del aeropuerto de la ciudad de Düsseldorf, al abordar el tren que me llevaría a la central de transporte, la primera persona que se me acercó, mientras extendía un mapa, fue un hombre alto y barbado cuyo abultado equipaje le ponía problemas para moverse. Veía aproximarse al primer intercambio cultural en un idioma distinto al inglés que impera en los controles migratorios. Quizás ruso, búlgaro, o griego, acompañados de exagerados ademanes para hacerse entender.

Nada de eso fue necesario. El extraño me pidió, en un acelerado español, indicaciones para llegar a un barrio en el centro de la ciudad. Antes de dejarme hablar, me comentó que venía de las Islas Canarias, buscando un mejor futuro para su familia, que debió quedarse en España, pues el dinero solo alcanzó para que él llegara a Alemania huyendo del desempleo que los tenía quebrados. Su sorpresa, expresada en un espaldarazo, fue descomunal cuando escuchó que yo le respondía en el mismo idioma.

Comentó, entonces, que iba a Düsseldorf a refugiarse en una colonia española que estaba creciendo a medida que sus compatriotas se dejaban seducir por las oportunidades laborales de una ciudad, fundida en las más proverbiales de las costumbres bávaras, que ahora le hace un espacio a los hispanohablantes. Con la despedida del hombre, cuya mirada aún parecía atornillada a España sobre su mujer y sus hijos, me internaba de nuevo en aquella selva cultural fértil en ojos rasgados y lenguajes que al unísono no eran más que turbias voces.

Así fue hasta que en el receso de una de mis clases de “alemán inicial” se me acercó, una semana después,  la norteamericana del grupo y sin poder deshacerse de su desobediencia californiana me dice: “I speak españoool, un poquitoou”. Me explicó que es uno de los idiomas que más aceptación tiene en las escuelas bilingües de California y tal vez de todos los Estados Unidos pues ya es el segundo del país, como lo ha aceptado el presidente Barack Obama, según ella misma recordaba. Aunque, como en su caso –sin duda alguna-, todavía son muchos los estudiantes que recurren a algunos truquillos para que no dominar el español no se traduzca en un obstáculo en su camino hacia la universidad.

Más amable le parecía el español al encargado de las actividades culturales del instituto en el que estaba estudiando. Había llegado unas semanas antes a Düsseldorf, proveniente de Berlín, donde había tomado algunos insignificantes cursos para conocer sobre el español y se disponía a aprenderlo en todas sus dimensiones, hasta que le llegó la oferta de mudarse de la capital. No lo dudó, pero sus proyectos con el idioma se quedaron tras la Puerta de Brandemburgo (Brandenburger Tor), aunque prometía volver por ellos, pues asociaba a este lenguaje con el futuro, algo en lo que los alemanes piensan desde hace siglos.

Después de conocerlos a ellos supe que logré acercarme a sus personalidades y a sus vivencias gracias, en parte, a la relación que tienen con el español, de la misma manera como ellos se aproximaron a lo que soy y a lo que somos los colombianos gracias a otros idiomas, sin fronteras, con menos prevenciones. Por eso resulta arcaica, tal vez anacrónica, la sanción que recibió una agente de la Policía de Nueva York de origen dominicano por hablar en español, su lengua materna, en horario laboral, un hecho registrado por la prensa internacional que parece más una bofetada al conocimiento, a la realidad, que una norma promotora de seguridad y orden.  El lenguaje nos está tendiendo puentes que nos hacen un poco más libres,  a los que el español aporta cada vez más, es nuestra decisión aceptarlos.

El lenguaje nos facilita el conocimiento del mundo. Foto: FelipeArte via Compfight cc

El lenguaje nos facilita el conocimiento del mundo. Foto: FelipeArte via Compfight cc

La voraz incongruencia

La indignación y el reclamo legítimo de un país que requiere un desarrollo integral y, ante todo, justo se ven pisoteados cuando los abandonamos para cargar aquella pala con la que se cava la tumba propia. El riachuelo de yerros ante el que nuestros pies se muestran insensibles nos demuestra que el refrán que reza que “quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores” está terminando su mutación hacia un insípido cliché o una postiza arma comercial. Una serie de televisión, la elección de un alto magistrado y el silencio frente a la desvergüenza de los violentos son muestra de ello, de la incongruencia con la que un día pedimos justicia y transparencia y a la mañana siguiente enterramos en una fosa las herramientas indispensables para hacerlas realidad.

La serie de televisión que dramatiza y comercializa la historia del surgimiento de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), lideradas por los hermanos Castaño, suscitó un debate nacional que feneció antes de conquistar la trascendencia que se merece. Como efectivamente sucedió, en las pantallas de los televisores de los colombianos rebosa la sangre de las víctimas de los paramilitares y aun así la sevicia de estas sádicas tropas del terror es mitigada por los adornos impuestos por las crónicas de los amores y penas de los fundadores las Auc, que impiden que salgan a la luz todas las dimensiones de los padecimientos de los damnificados por la guerra liderada por las autodefensas.

Ahí se funda el reclamo de las víctimas, con razón, porque la dramatización de la historia no les aporta nada y por ello la respuesta fue una campaña para menguar las pautas que se emiten cuando la serie sale al aire, iniciativa que se esfumó y, en cambio, dejó en evidencia la peligrosa incoherencia de algunos inconformes que optaron por amenazar de muerte al libretista y al actor principal de la serie. ¿La respuesta a la violencia es más violencia?, ¿Es eso razonable? Solo entre las fronteras de la intolerancia parece eso posible, mientras la niñez recibe el mismo mal ejemplo que le reprochan a la televisión, como si la educación no comenzara en casa.

Sumado al desorden de la violencia, una lacerante apatía hacia la transparencia no deja de latir. La reacción ciudadana ante la estridente reforma a la justicia parecía haber trazado la línea que no pueden atravesar quienes inciden en la silueta con la que la justicia colombiana se nos presenta. De pronto, se apareció Alberto Rojas Ríos, mirando de reojo, para advertirnos que el mensaje no había quedado claro.

A pesar de que su sombra pesa más que él mismo, Rojas Ríos tiene ahora, como magistrado de la Corte Constitucional, la trascendental responsabilidad de velar por el bienestar de la Constitución colombiana, que frente a él se ve mínima, no precisamente por sus cuestionadas amistades, ni por las amistades de sus amistades, sino por él mismo. Aunque lo ha intentado, el magistrado no ha despejado por completo las dudas que sacudieron al país cuando una viuda lo acusó de quedarse con un dinero que le era ajeno y cuando la Dian reconoció que había algunas inconsistencias en la declaración de los ingresos generados por un trabajo que Rojas Ríos hizo. Quizás el magistrado sea inocente. Ojalá lo sea, le conviene al país. Pero, ¿no habría sido oportuno aclarar sus problemas antes de asumir sus nuevas funciones? Ahora cualquier solución sibilina podría encajar en la constelación de su altísimo cargo, con lo que sus justificaciones dan más lugar para suspicacias, pues su poder creció exponencialmente.

Hasta este punto hemos llegado gracias a una elección que se definió en el Congreso, corporación que eligió a Rojas Ríos en un proceso que deja otros grandes cuestionamientos. Lo más fundamental trata sobre una preocupación por el paradero de los abogados impolutos, transparentes y sin ninguna clase de controversias. ¿No los hay? Los debe haber y el intríngulis aquí es conocer cuál es la razón para que estén alejados de la posibilidad de llegar a los altos tribunales para hacer de ellos un verdadero fortín de justicia. No tendría que ser así, ya que quienes los eligen son los representantes que el pueblo eligió antes en unas elecciones para que velaran por sus derechos. Y así es que se continúa gestando la incongruencia, pues, por un lado, los políticos manifiestan no entender el desprestigio en el que están sumergidos, mientras por el otro los ciudadanos reeligen a quienes les fallaron.

Así, en medio de la violencia y de la injusticia, los acercamientos para acabar con el conflicto armado van adquiriendo más trascendencia, como es comprensible. Alcanzar la paz sería el único alivio para el dolor causado por el tortuoso camino forjado por la guerra que ha recorrido el país durante los últimos 70 años. Pero no será más que una vacua paz si se le abren las puertas a la impunidad. Y algunas palabras de las Farc dejan entrar aquella luz que desnuda las esperanzas, pues declaran que escasea la legitimidad en la justicia colombiana para juzgarlos por sus crímenes. La respuesta a este anuncio fue el silencio y allí mismo podrían quedarse enclaustradas las víctimas, en el silencio, en la desaparición, a menos que la guerrilla esté dispuesta a ponerse en manos de tribunales internacionales.

Cualquier avance que se haya hecho en las materias agraria y política será endeble ante el sacudón que puede desencadenar la negativa de las Farc a reconocerse como victimarios y de ofrecerles la verdad a sus víctimas como garantía de que tienen la voluntad que el progreso del país demanda. Por eso, ahora lo más conveniente es dejar el silencio atrás y pedir que se entierre en La Habana la incongruencia de buscar la paz eludiendo las responsabilidades, sembrando impunidad. El fin de la guerra, el surgir de la transparencia y el control de la violencia solo serán tangibles cuando el discurso deje de ser la frontera, para demostrar que hay coherencia entre nuestras palabras y nuestros pasos, como hasta ahora no ha pasado.

Más allá del desempleo

Entre los anhelos contemporáneos de griegos, españoles y portugueses está en un lugar privilegiado la conquista de una tasa de ocupación al menos similar a la de América Latina. El desborde del desempleo que ha llegado a afectar al 27% de los trabajadores en Grecia y al 26,2% en España, matizado con historias como la de Javier López, un periodista andaluz que sobrevivió al paro disfrazándose de chocolatina o sándwich, hace realidad algo que apenas una década atrás parecía improbable: el crecimiento latinoamericano es contemplado con una pizca de nostalgia desde la costa oriental del Atlántico.

A esta notable aunque inconclusa gesta de América Latina no le sobrarán personajes que quieran posar como sus promotores, sin embargo, tal reconocimiento podrá ser aprobado solo cuando el elogiado progreso de la región se consolide, dejando de apuntar al surrealismo consolador para aterrizar en la auténtica estabilidad de la bonanza. Así, este mes el Banco Interamericano de Desarrollo, con su informe Cómo América Latina y el Caribe puede escapar del menor crecimiento mundial, acentuó que la distancia entre el continente de hoy y el de hace un par de lustros no podrá declararse tan descomunal como el optimismo lo pretende hasta que la dominante fuerza del trabajo informal sea sustituida por la supremacía del empleo formal.

De acuerdo con del BID, el 56% de los empleados latinoamericanos se encuentra en la informalidad, superando la media de los países de ingresos medios, excluidos los de la región, que según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llega a 37% y, sumado a ello, las oportunidades laborales para los jóvenes son cada vez más obtusas. Como la rentabilidad del sector informal supera a la del formal y la legislación que promueve el primer empleo es aún endeble solo una reforma amplia del sistema laboral podrá cambiar esta situación.

Es complicado, y tal vez inoficioso, promover una única reformulación del empleo en toda América Latina, pues cada país tiene sus particularidades. Sin embargo, el objetivo debe ser el mismo: fortalecer la formalidad y acabar con la exclusión de los jóvenes, para lo cual es fundamental el rumbo que tomen los programas de seguridad social que promueven los gobiernos. Un sistema cimentado solo en las contribuciones de los trabajadores formales y que, además, no fomenta la integración de la fuerza juvenil que respaldará la carga tributaria del futuro es un obstáculo para continuar el desarrollo.

Colombia es tal vez uno de los modelos más completos de los retos que deben enfrentar los países de la región, ya que está entre los que más atención debe prestarle al empleo juvenil, pues, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el desempleo entre los jóvenes ronda entre el 19 y el 21 por ciento. Pero, además, como lo reveló en noviembre pasado el Informe Nacional de Competitividad 2012-2013, elaborado por el Consejo Privado de Competitividad (CPC) los altos niveles de informalidad en el empleo, que superan el 50%, la infraestructura y el desarrollo institucional que tienen un avance apático y la baja inversión en educación son también amenazas persistentes que limitan a este país cuyo desempleo general ha rondado el 10% en los últimos años.

No se puede despreciar que la desocupación en Colombia se ha reducido a la mitad en una década, pero poco se piensa en que las tasas de desempleo más altas, según el informe de cierre de 2012 del DANE, están en Quibdó (17,6%), capital de Chochó, una de las regiones más pobres del país; Popayán (17,5%), el centro urbano más destacado del departamento del Cauca, donde el desplazamiento no cesa debido a la guerra que afecta a familias enteras; y Pereira (16,1%), la ciudad de la que más colombianos salieron rumbo a Europa hace varios lustros y hoy, afectados por la crisis económica, regresan sin ningún patrimonio después de años de trabajo.

Con el desempleo más controlado, Venezuela (6,4%) también tiene factores sociales inocultables que elevan el impacto de la desocupación. La devaluación de la moneda venezolana y la polarización política pueden estar limitando el poder adquisitivo de los trabajadores que han encontrado un alivio en los subsidios estatales, pero poco se conoce de la estabilidad económica de las familias sin ellos en una eventual crisis que induzca a recortes del gasto público.

Por otra parte, Ecuador y México, con tasas de desempleo del 4,8% y 5,2%, respectivamente, tienen un cuerpo laboral más robusto, pero el crecimiento de la informalidad ha sido para ellos incontrolable. En diciembre pasado el 51,37% de los empleados ecuatorianos no tenía un trabajo que les permitiera ganar por lo menos el salario mínimo, mientras que en julio de 2012 el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados mexicana reconoció que el número de trabajadores informales estaba aumentando.

No atender los problemas del sistema laboral en América Latina podría traducirse en que, aunque tomará tiempo la recuperación de las economías de Grecia, España y Portugal, los latinoamericanos continuaremos observando cómo estos países logran avanzar gracias al rechazo a la desigualdad y a la apuesta por la unidad regional que impide su total fracaso, mientras la volatilidad y la exclusión siguen siendo la constante para los trabajadores de este continente.

El empleo informal en América Latina obliga a los trabajadores a buscar varias ocupaciones para poder sobrevivir. Foto: El mundo de Laura via Compfight cc

El empleo informal en América Latina obliga a los trabajadores a buscar varias ocupaciones para poder sobrevivir. Foto: El mundo de Laura via Compfight cc

América Latina bajo el agua

Son cada vez más impetuosos los corajes de la naturaleza y, en la misma medida, las respuestas humanas deberían ser más eficaces para evitar las catástrofes que siempre dejan víctimas. Las temporadas de lluvias en América Latina han demostrado que los protocolos de reacción son ahora más efectivos, pero no están exentos de marchitarse ante los impactos de los recios aguaceros que recuerdan cada año que la respuesta de los organismos de emergencia no es suficiente porque los avances en la prevención son aún exiguos.

A pesar de que el estudio Ciudades e inundaciones: Guía de gestión integrada del riesgo de inundaciones urbanas para el siglo XXI, del Banco Mundial, reconoce a Colombia como un país ejemplar en gestión del riesgo de aluviones por la amplia información que pone a disposición de los interesados sobre los peligros, en los primeros tres meses de 2013 el número de víctimas por anegaciones y deslizamientos, solo en el departamento de Chocó, llegó a 56.770. Las 544 viviendas destruidas por el agua y las 11.200 familias afectadas demuestran que todavía la prevención de estos desastres no es la adecuada para un país que ha sido siempre vulnerable a las emergencias desencadenadas por los temporales, que debido al cambio climático se están presentando con mayor furia.

Pero Colombia no es el único país en esta situación. En Bolivia cinco de los nueve departamentos declararon la emergencia por las inundaciones,  en Ecuador por lo menos 4.200 hectáreas de tierras destinadas para la actividad agrícola están afectadas por las lluvias, mientras que en Perú, en el departamento de La Libertad, hay alrededor de 6.500 damnificados.  Además, el pasado 20 de marzo, Honduras y Nicaragua fueron declarados los países de Centroamérica más vulnerables a los deslizamientos de tierra causados por las lluvias, según los expertos reunidos en el primer congreso de la región en esta materia.

América Latina y el Caribe ha comenzado a emerger como una región más próspera –aún desigual— y debe cambiar las extremas desestabilizaciones desencadenadas por las temporadas de lluvias. El apoyo de los países latinoamericanos y caribeños el año pasado a la prórroga hasta 2020 del protocolo de Kyoto en Doha, Catar, con la que se pretende reducir las emisiones  de CO2 a pesar de la renuencia al tratado de Rusia, Canadá, Japón y Estados Unidos, demuestra que ha iniciado la comprensión de la dimensión ambiental de esta problemática, que también demanda mayores debates sobre la tala de árboles y la explotación de recursos naturales.

Son los agentes sociales y políticos en los que radica también el rezago en el control de las inundaciones. La creciente violencia en Centroamérica –semejante a la que ha padecido Colombia durante décadas— y la persistencia de la pobreza inducen a que comunidades enteras se desplacen de sus hogares y se instalen en zonas de alto riesgo, cuyas posibilidades de ser devastadas por los temporales son altas. Aunado a ello, la corrupción y la desacertada repartición de recursos han conducido a un retraso de la infraestructura latinoamericana, con lo que muchas regiones se hacen más frágiles ante las embestidas de la naturaleza.

La acotada investigación del Banco Mundial que enaltece el trabajo de Colombia en gestión del riesgo por inundaciones, por supuesto, hace énfasis en el desarrollo que Bogotá ha tenido en la implementación de un sistema de reconocimiento de zonas con mayores posibilidades de ser afectadas por las lluvias. Sin embargo, Chocó y otros departamentos más expuestos como Magdalena, Atlántico y Tolima continúan señalando que la reacción ante los aguaceros no es más trascendental que la prevención, pero la violencia y la pobreza y la corrupción y, tal vez, el olvido hacen de los avances sean peligrosamente lentos en este frente, el común denominador que afecta a toda América Latina.

El Chocó es uno de los departamentos colombianos más afectados por las lluvias. Foto: ochacolombia via photopin cc

El Chocó es uno de los departamentos colombianos más afectados por las lluvias. Foto: ochacolombia via photopin cc

La tensión en la península de Corea

Seis décadas de frágil y aparente reposo de los ánimos belicosos entre Corea del Norte y Corea del Sur son la genuina evidencia de la ausencia de un auténtico compromiso de paz que no redujera sus límites a una insípida  y fingida dejación de las armas, como ocurrió. La hostilidad no ha cesado desde la firma del armisticio de Panmunjom que sugirió el fin de la guerra de Corea el 27 de julio de 1953, pero que hasta ahora se asemeja más a un receso en las agresiones militares que en cualquier momento se puede quebrantar.

La idea de La Gran Corea aparece intacta en la conciencia de los del norte, conducidos por el joven y reactivo Kim Jong-un, de quien se desconocen los medios a los que tiene acceso para poner en práctica la diplomacia coercitiva y así desafiar a quien se le antoje. El control de material nuclear por parte del régimen norcoreano es indiscutible: llevan por lo menos siete años experimentando con plutonio y un poco menos con uranio. Abundan los analistas internacionales que apuntan que las posibilidades de que hayan desarrollado tecnologías para miniaturizar armas atómicas para poderlas incorporar a los misiles teledirigidos son muy remotas. Sin embargo, ya en diciembre pasado pusieron en órbita un satélite que comprueba que están mejorando en el control de armamento de largo alcance. El malestar que suscitan las pruebas nucleares de Corea del Norte es el reflejo de la estridente falta de un acuerdo de paz.

La paranoia se ha apoderado de la relación de muchos países con Kim Jong-un, entre ellos sus vecinos de sur, que en la península coreana habitan el territorio debajo del paralelo 38, límite convenido también con la aceptación del armisticio que, al no conseguir eliminar la zozobra, nunca cerró definitivamente las puertas a una reanudación del conflicto. La declaración de invalidez del acuerdo por parte del Ejército de Corea del Norte la semana pasada así lo demuestra, a pesar de que esta no es la primera vez que sucede, pues Kim Jong-il, padre y predecesor del actual líder supremo norcoreano, anunció también la nulidad del armisticio en 2003 y 2009.

Sin embargo, ahora no solo Corea del Norte ha avanzado en el control de armas nucleares. Hubo dos cambios trascendentales desde el último amago de omisión de los acuerdos de cese de hostilidades en 2009. El 23 de noviembre de 2010 las fuerzas militares de las dos Coreas se enfrentaron en la isla surcoreana Yeonpyeong, donde los ataques de la Armada norcoreana dejaron cuatro muertos –entre ellos dos civiles— y veinte heridos. Corea del Sur respondió bombardeando bases militares del régimen de Kim Jong-il, quien en menos de veinticuatro horas ordenó terminar las agresiones. Entonces, se comprobó que el armisticio no impediría una confrontación armada entre las dos naciones.

Sumado a ello, China, siempre reacia a las sanciones internacionales, ha tenido que ceder a la presión internacional y, como miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, respaldó la más reciente resolución del organismo que endurecía las restricciones económicas como respuesta a las pruebas nucleares realizadas por el Ejército norcoreano el 12 de febrero.  Desde 2006, cuando Corea del Norte inició sus ensayos, la ONU ha aprobado cinco resoluciones sancionatorias contra el régimen y China encuentra cada vez menos razones para oponerse a ellas, aunque continúa pidiendo que las diferencias sean resueltas por medio del diálogo.

Pero es Estados Unidos el que no está dispuesto a arriesgar y como respuesta a la actitud retadora de Kim Jong-un ya anunció que instalará, a pesar de sus recortes presupuestarios, 14 misiles adicionales a los 30 con los que ya cuenta para proteger su territorio de cualquier ataque desde el exterior, lo que le costaría por lo menos mil millones de dólares. Corea del Sur, en la misma tónica, realiza ejercicios conjuntos en el pacífico con Estados Unidos, en operaciones como Key Resolve  y Foal Eagle, lo que Corea del Norte considera una amenaza y a ella responde fijando posibles objetivos militares, en los que incluye a Japón.

Tal vez la paz no está en peligro porque nunca la hubo, desde el principio se apostó por dejar las armas sin prever que frente la ausencia de la reconciliación llegaría el momento en el que alguien decide tomarlas. Por el bien de los coreanos, sobre y bajo el paralelo 38, hay que esperar que esa decisión sea muy remota, a pesar de la paranoia y la tensión que ahora se viven y que aumentan la división entre el sur y el norte.

El paralelo 38 divide a las dos Coreas desde 1953. Desde ese momento muchas familias quedaron fragmentadas. Foto: U.S. Army Korea (Historical Image Archive) via Compfight cc

El paralelo 38 divide a las dos Coreas desde 1953. Desde ese momento muchas familias quedaron fragmentadas. Foto: U.S. Army Korea (Historical Image Archive) via Compfight cc

Lecciones de la India para el desarrollo

La decisión ha sido fundamental para que la India empiece a mostrarle la espalda al rezago económico, pero el crecimiento conquistado durante el siglo XXI no puede conformarse con las perspectivas que indican que para 2050 esta nación, junto a Brasil y China, serán las responsables del 40% de la producción mundial. El potencial indio no será más que un conato de progreso si la desigualdad continúa arraigada en sus tierras, condenando al abandono a los más pobres. Es por eso que la India encarna los desafíos del mundo, que debe aprender a conjugar el desarrollo humano con los avances económicos para encarrilarse en la búsqueda constante y sostenible de la prosperidad.

Los últimos 20 años le sirvieron a la India para duplicar su producción per cápita y con ello ha logrado hacer una inversión más generosa en educación, llevando escuelas a rincones adonde antes apenas habían escuchado hablar de ellas. Pero el proceso de perfeccionamiento del sistema educativo no puede limitarse a la infraestructura; la calidad y la conciencia de que la educación es esencial para aspirar a una vida mejor aún son frágiles. El aumento de la presencia de los call centers, interesados en la mano de obra femenina, fue beneficioso para algunas mujeres, cuyas familias decidieron respaldar sus estudios básicos porque incrementaban sus posibilidades de ser contratadas por las empresas extranjeras, pero este ilusorio avance no ha erradicado la desigualdad de género y, por el contrario, induce a la mercantilización de la educación, con lo que a quienes no se les vislumbra la obtención de notables dividendos gracias a su formación se les condena al analfabetismo.

En la India el promedio de años de escolaridad es de 4,4, cuando la expectativa es de 10,7, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Pero éste no es un caso aislado, pues en Nicaragua, Honduras, Kuwait, Colombia y Brasil tampoco se están alcanzando los niveles de educación mínimos porque la violencia, la discriminación y la pobreza lo impiden. Los narcotraficantes están sacando a los niños de las aulas de clase para incorporarlos a sus negocios ilícitos; los estudiantes que pertenecen a grupos minoritarios soportan la exclusión proveniente muchas veces de sus compañeros, profesores y de los currículos de clase; la malnutrición afecta a los escolares que pertenecen a familias de bajos recursos, que en ocasiones tienen que elegir entre sus hijos a quien tendrá la oportunidad de educarse porque el dinero no es suficiente para que todos lo hagan.

A pesar del aumento de la riqueza de la India, la tasa de niños menores de 5 años bajos de peso, entre 2006 y 2010, fue de 42,5% y el sistema de salud continúa siendo muy limitado. Por cada 1000 habitantes hay 0,6 médicos pero, además, no todos los pueblos tienen centros de salud y para acceder a los servicios hay que trasladarse varios kilómetros o ponerse en manos de galenos artesanales, cuyos tratamientos pueden empeorar la salud. Sin embargo, esta deficiencia estructural no es solo palpable en la India. En Colombia, la prevalencia del negocio sobre la atención humanitaria impide que las personas dejen de morirse en las puertas de los hospitales mientras esperan atención y Guatemala apenas se está tomando en serio la lucha contra el hambre, después de que la desnutrición se cuadruplicara en los últimos 23 años.

Aun con una población vulnerable a las enfermedades y a la falta de educación, la India ha demostrado que se está adaptando a la era tecnológica y que su capacidad de innovación es sobresaliente –ya crearon la tablet más barata del mundo—, para lo cual han destinado en el pasado lustro por lo menos el 0,8% de su Producto Interno Bruto, inversión que se incrementará en los próximos años. Pero este potencial no prosperará completamente si no realizan acciones más contundentes para combatir la desigualdad porque la precariedad de las condiciones de vida de la mayoría terminará afectando siempre el desarrollo nacional. Esta es una lección que, además de la India, deben entender los países que están viendo crecer rápidamente sus economías si lo que quieren es alcanzar un progreso integral que reduzca su sensibilidad ante futuras crisis que puedan amenazar su estabilidad nacional.

(Ver el informe de desarrollo humano 2013 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo).

La India y los países en desarrollo serán más prósperos en la medida en que aprendan a conjugar crecimiento económico y desarrollo humano. Foto: wili_hybrid via Compfight cc

La India y los países en desarrollo serán más prósperos en la medida en que aprendan a conjugar crecimiento económico y desarrollo humano. Foto: wili_hybrid via Compfight cc

La herencia de Hugo Chávez

A pesar de su enfermedad, nunca lo vimos frágil ni disminuido y su discurso desafiante en ningún momento se aplacó ante la aguda persecución de la muerte que se lo llevó el martes 5 de marzo de 2013. Su imagen intensa quedó tallada en la memoria de muchos, todos con una idea distinta de él, de Hugo Rafael Chávez Frías, que se desliza entre la devoción y el repudio, con la que se aseguró un lugar en la historia de Venezuela, una patria que, como lo resalta su polarización, podría no tener esa fuerza que su presidente se llevó hasta la tumba.

Una inflación de 20,1% en 2012, aunada a la devaluación de la moneda que aumentó el costo de un dólar de 4.30 bolívares a 6.30, al incremento de más de 60 mil millones de dólares en la deuda externa y al déficit fiscal, que el año pasado fue equivalente al 15% del PIB, son sólo las premisas de los economistas que anuncian la actual endeblez venezolana, soportada hasta ahora por la efectividad que le reconocen organismos internacionales e incluso la oposición a Chávez en la lucha contra la pobreza, que hoy afecta al 27,4% cuando 14 años atrás lo hacía al 49% de los venezolanos. Pero el futuro de Venezuela no está forjado únicamente por lo que auguran los indicadores económicos.

Aquellos años que sirvieron para reducir la pobreza y la desigualdad fueron los mismos en los que se cultivó el odio, el desprecio y la intolerancia, con lo cual la cosecha en 2012 fue 21.692 asesinatos, según el Observatorio Venezolano de Violencia, equivalentes a una tasa de 73 homicidios por cada 100 mil habitantes. La polarización en la que está sumergida el país, dividido entre buenos y malos, chavistas y opositores, patriotas y traidores, configuró un calabozo desde el que se pueden quedar viendo cómo los retos venideros los aplastan sin compasión.

Con las calles pobladas de ciudadanos que se consideran entre sí enemigos, la corrupción y la ineptitud de la función pública, cada vez más punzantes, son percibidas pero condenadas al olvido, como si fueran un mal menor. La ausencia de libertad de expresión es cada vez más idílica para los corruptos y nociva para los venezolanos, a quienes se les estrechan los espacios para pensar diferente, mientras  la Constitución es aclamada al tiempo que la independencia de poderes se hace más diminuta, intangible.

No son los cálculos sobre los costos de los obsequios petroleros a países como Cuba, Bolivia o Nicaragua ni los estados financieros los que pueden hablar con mayor propiedad de la lozanía o del agotamiento de Venezuela sino la irrisoria cabida para la unidad del pueblo y la poca certeza de que el sistema subsidiario de la Revolución Bolivariana es fuente de oportunidades para los menos favorecidos y no de una dependencia de un Gobierno que en cualquier momento puede pasar cuenta de cobro.

No hay duda de que Hugo Chávez se incrustó en la historia venezolana e, ineludiblemente, en la latinoamericana, pero aún no conocemos las verdaderas dimensiones de su herencia porque en el camino que él emprendió en 1999 se presenta ahora una escisión que sólo ofrece dos posibilidades: extender la integración de los pobres al proyecto nacional sin excluir de él a la tolerancia y a las libertadas o continuar, inmutables, encubriendo a quienes buscan la riqueza personal en el bien público y promoviendo el resentimiento y la venganza. De ser la segunda opción la elegida, ni una fortaleza similar a la que proyectó el teniente coronel Chávez en el último tramo de su vida le será suficiente a Venezuela para evitar conocer la desgracia más de cerca.

La pregunta ahora que no está Hugo Chávez es ¿qué fue lo que el dejó? Foto: LuisCarlos Díaz via photopin cc

La pregunta ahora que no está Hugo Chávez es ¿qué fue lo que él dejó? Foto: LuisCarlos Díaz via photopin cc

La búsqueda de la recuperación cafetera en Colombia

La historia parecía transitar por otra ruta. Con el mismo empeño con el que los cafeteros colombianos cuidan cada árbol de café, para lograr una producción significativa, en términos de dimensión y calidad, la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia intentaba respaldar, con marcado paternalismo, a los productores nacionales, agobiados en 2010 por la crisis de la caficultura colombiana, manifiesta desde los años precedentes. Transitaban hacia la recuperación después de producir 7,8 millones de sacos en 2009, una patética cifra considerando que el promedio de producción de la última década se situaba en 11 millones de sacos por año. Frente a los aprietos, el proceder de la Federación había dejado dividendos substanciales, lo que demostraba que debía garantizarse su continuidad durante varios más para, así, generar estabilidad en la producción cafetera y recursividad ante las crisis venideras.

Sin embargo, por más conveniente que fue el proceder de la Federación, las fallas se hicieron presentes y todo explotó en 2012 con el paro cafetero que paralizó al país durante 12 días, hasta hoy.

El declive del café en 2009, primera alerta recia de la actual crisis, fue generado por tres factores fundamentales. Primero, el cambio climático impidió que del árbol germinara el grano, en consecuencia, la producción bajó. Segundo, el precio del fertilizante se dobló en todo el mundo y muchos cafeteros tuvieron que dejar de fertilizar sus cultivos. Por último, las enfermedades como la roya aumentaron.

Ante este panorama la Federación puso en marcha un plan de choque para proteger a los caficultores. Como primer punto, se propuso modificar el Contrato de Protección de Precios que permitió que durante la crisis se le pagara al caficultor alrededor de 655 mil pesos, mientras que en condiciones normales sólo habría recibido 456 mil pesos. Primera medida acertada.

En adición, y como respuesta a la problemática de los fertilizantes, se ejecutó el programa Fertifuturo, encaminado a facilitarles el acceso a fertilizantes a los caficultores que tuvieran dificultades para adquirirlos. La intensificación de la renovación de cultivos a través del programa Permanencia, Sostenibilidad y Futuro, fue otro de los ases bajo la manga de la Federación que, además, lo dirigió a los pequeños caficultores. Esto ha permitido que actualmente haya más de 50 mil hectáreas con cafetales nuevos y con más capacidad de producción. Asimismo, se extendió el Incentivo de Capacitación Rural que les otorgó la posibilidad a los caficultores solicitantes de pedir un préstamo de 6 millones de pesos para capacitación con el compromiso de devolver únicamente 3,6 millones de pesos. Tres medidas más y todas convenientes.

Con estas disposiciones, durante los primeros siete meses de 2010 se produjeron 4,8 millones de sacos, y, en lo que restaba del año, se esperaba completar 10,2 millones aproximadamente, pero al final se alcanzaron 8,9. Además, ese mismo año la Superintendencia de Industria y Comercio avaló la utilización de la denominación de origen “Café de Colombia” por parte la Federación Nacional de Cafeteros, lo que dejaba optimista a los caficultores con la posibilidad de obtener más peso en el contexto internacional.

Pero este no parece ser el camino que conduce a una crisis como la que ahora afronta la cultura cafetera colombiana, de destacado reconocimiento en el exterior. El optimismo de 2010 fue contaminado, antes de terminar el año, por la peor ola invernal que afrontó Colombia en muchos años y que se extendió hasta 2011, anegando gran parte del territorio nacional por la influencia del fenómeno de La Niña, del que no se salvaron los cultivos de café.

Las dificultades de producción hicieron que en 2011 bajara de nuevo la cantidad de sacos producidos, llegando a 8 millones de sacos. Aunado a ello, la cotización del café, que en 2010 era favorable con un precio de US$2,50 por libra, ha llegado hoy a tan solo US$1,40, con lo que al problema de productividad se le sumaba el de rentabilidad, si se considera, también, que el peso colombiano se ha venido revaluando frente al dólar, por lo que las exportaciones han disminuido su retribución.

Cuando los cafeteros vieron que su actividad iba en declive y que pronto deberían empezar a pagar las deudas adquiridas con instituciones como el Banco Agrario o Finagro su instinto de supervivencia reaccionó y entraron un paro que se solucionó cuando el Gobierno aceptó un acuerdo con el que el techo para la carga de café quedó en 700 mil pesos y el piso en 480 mil, además de un subsidio de 145 mil, al que se le llamó Protección al Ingreso de los Caficultores (PIC), medidas todas que suman un costo de  por lo menos 800 mil millones de pesos.

El fin del paro es para los cafeteros y para el país completamente beneficioso, pero no aleja las dudas sobre el futuro, porque la solución que se dispuso tiene una apariencia similar a la que se estaba desarrollando tres años atrás, la misma que no pudo resistir el embate del cambio climático ni la volatilidad de los precios internacionales. Si los recursos inyectados son solo para sobrevivir la crisis probablemente volverá a acechar, porque lo que es ahora urgente adaptarse a las nuevas circunstancias de producción, porque el invierno también regresará, al igual que el verano con la roya, y puede que ellos no tengan ninguna clase de clemencia.

Colombia necesita recuperar a los cafeteros colombianos que fueron uno de sus pilares la década pasada. Foto: CIAT International Center for Tropical Agriculture via photopin cc

Colombia necesita recuperar a los cafeteros colombianos que fueron uno de sus pilares la década pasada. Foto: CIAT International Center for Tropical Agriculture via photopin cc

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