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Un pedazo del mundo

Un pedazo del mundo. Eso fue lo más valioso que conseguí en el mes que estuve viviendo en Alemania, entre noviembre y diciembre de 2012. Mis compañeros de estudio en la ciudad de Düsseldorf provenían de diversas latitudes y sus costumbres eran desconocidas, lo que hizo más atractiva la experiencia en la que me acerqué un poco, por ejemplo, a la guerra civil que ahora mismo se desarrolla en Siria.

La hermana de Bob, como llamábamos a mi amigo sirio, vive en una ciudad cercana a Damasco, la capital, y su rutina diaria se reduce a ir a estudiar a la universidad y volver a casa para protegerse de los ataques indiscriminados de las Fuerzas Armadas y de las respuestas violentas y descuidadas de los rebeldes que desafían a Bashar al-Assad. De estos enfrentamientos han resultado ciudades destruidas, miles de personas muertas –el Observatorio Sirio de Derechos Humanos calcula 45 mil— y familias desintegradas por causa del exilio, que en muchos casos es una obligación, como sucede con Bob, quien sueña con sacar a sus seres queridos de Siria.

Los primeros días de este mes se le vencía la visa a Bob para estar en Alemania y su plan era prorrogarla justificando los estudios de alemán que le solicita un hospital en Fráncfort para terminar sus estudios de especialización en cirugía de reparación de anomalías óseas. El temor que sintió cuando en la oficina de inmigración le demandaron un certificado del centro médico y éste le respondió que no se lo daría es indescriptible. La angustia se apoderó de él durante varios días, hasta que consiguió el documento que requería, con lo que evitaba volver a Siria a enfrentar lo que Hesham había vivido en Libia un año atrás.

Mientras viajábamos en tren hacia la ciudad medieval de Zons, a 20 minutos de Düsseldorf, Bob y Hisham, mi amigo proveniente de Libia, hablaban en árabe y ante mis gestos de iletrado decidieron explicarme que discutían sobre lo que Hisham presenció en un hospital de Trípoli donde trabajaba como dentista. Muertos, mutilados, desangrados, entre los que había niños indefensos, componían el panorama que encaraba todos los días en los que se le desgarraba el alma, dolor que comenzó a cesar, paradójicamente, con más muerte: Muammar al-Gaddafi murió a manos de los rebeldes en Sirte, su ciudad natal, el 20 de octubre de 2011. Desde ese momento la violencia comenzó a disminuir.

Pero no fueron solo expresiones de la primavera árabe las que lograron impactarme. Escuché, por primera vez, la defensa férrea de los argumentos del republicano Mitt Romney en las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos, de voz de una ciudadana y no de un político. Con ello ratifiqué lo que me demostraron los comicios de noviembre: si las diferencias partidistas no se imponen sobre el trabajo conjunto para salir de la crisis, esa nación podrá superar su actual convalecencia.

Varios sufrimientos y situaciones adversas son más fáciles de superar si se reconoce la trascendencia de la tolerancia y la reconciliación, de las que pueden beneficiarse desde naciones enteras hasta el amor entre dos personas. Eso le haría mucho bien a una amiga serbia que conoció hace unos meses a un croata que, sin que ella se diera cuenta, ha hecho que se vuelva a ilusionar con la idea de ofrecerle sus virtudes y sus defectos a un hombre.

Sin embargo, uno de los obstáculos para que esto sea posible, en el que ella piensa recurrentemente, es en la opinión de su madre, para quien parece que el conflicto étnico que desencadenó la disolución de Yugoslavia hace dos décadas no ha desaparecido completamente. Según me cuenta mi amiga, que ella piense en emparentarse con algún croata, a quienes culpan de haber padecido de desplazamiento forzoso durante la guerra, no sería bien recibido por su madre.

De Arabia Saudí, Mongolia, Filipinas, Rusia e Irán, países lejanos y, en el caso de los dos últimos, reducidos en muchas ocasiones a la imagen de Vladimir Putin y Mahmud Ahmadineyad, obtuve también enseñanzas que ineludiblemente cambian la visión del mundo, algo por lo que siempre hay que agradecer y que me llevará a estar más atento a lo que sucede con los lugares en los que habitan las personas que conocí en el ocaso del año pasado, como sé que ellos también estarán pendientes de Colombia, de la que espero contarles pronto que transita, sin posibilidad de regreso, el camino de la paz.

Con Kian, Bob y Hisham en la ciudad medieval de Zons.

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