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El hambre no cesa su acoso

No la concebimos hasta que nos estruja los intestinos. Son muchos quienes durante toda su existencia no padecerán sus crueles castigos, que consiguen hacer a cualquier persona dueña de una demacrada apariencia, cuando no se llevan sin clemencia hasta la más mínima expresión de vida. Así es el hambre,  despiadada con algunos, mientras otros jamás se percatan de su presencia. Por eso, el avance de América Latina en las últimas dos décadas, al reducir este flagelo en aproximadamente 24,2%, es significativo, pero no suficiente.

Aún hay más de 49 millones de personas sufriendo de desnutrición en la región, colmada de tierras productivas que podrían estar contribuyendo a la alimentación de los 7,2 millones de niños menores de cinco años que, según el Banco Mundial, cuentan con un retraso en su crecimiento por causa del hambre al que están sometidos actualmente. Los daños a los que están expuestos estos pequeños, que en ocasiones se ven afectados por la malnutrición de sus madres durante la lactancia, son, usualmente, irreversibles, pero lo que pocos saben es que la afectación es recibida por toda la sociedad.

El Banco Mundial, en una investigación publicada el pasado mes de diciembre, titulada “Cómo proteger la nutrición de las madres y los niños”,  recalcó que por causa de la desnutrición, los ingresos que las personas podrían recibir en toda su vida pueden reducirse en por lo menos 10%, mientras que varias naciones enfrentan pérdidas de entre el dos y el tres por ciento en su producto interno bruto (PIB).

La atención ahora se debe volcar sobre la eficacia de los programas implementados por los países latinoamericanos para cumplir con el primero de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), fijados por los miembros de Organización de Naciones Unidas (ONU) en el año 2000, para los que se contempló un plazo de quince años.  Erradicar la pobreza extrema es una de las prioridades de la ONU y por ello una de las metas establecidas es reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje de personas que padecen hambre.

Pero, en contravía a los propósitos planteados, hay países en la región que parecen estar anquilosados en 1990. Hoy, Haití tiene, igual que dos décadas atrás, cinco millones de personas en condiciones de desnutrición, mientras que Bolivia se ha mantenido en dos millones, Ecuador en tres y Colombia en seis. En adición, Paraguay, duplicando el número de personas afectadas por el hambre con las que contaba hace 23 años, y Guatemala,  cuadruplicándolo, han demostrado que el trabajo de América Latina apenas está iniciando, si de erradicar la malnutrición de sus habitantes se trata (ver documento con datos precisos sobre seguridad alimentaria).

Hay que unificar y perfeccionar los métodos de medición del hambre en toda la región. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO) registra en sus cuentas a 49 millones de desnutridos, mientras que la Organización de Estados Americanos (OEA) estima que deben ser por lo menos 53 millones. Estudios académicos han cuestionado en Colombia la precisión de las escalas con las que se intenta esbozar las magnitudes de la desnutrición y proponen que se acuda más al contacto con las poblaciones para recoger datos más certeros.

El Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), en su Índice del Hambre de 2012, coincide con la FAO en llamar la atención de Bolivia, Guatemala, Haití y República Dominicana, países a los que considera con condiciones más desfavorables en la región para prevenir la desnutrición, y el Programa Mundial de Alimentos (WFP) incluye en esa lista a Paraguay.

Las alarmas encendidas por distintas organizaciones demuestran que la región no se puede quedar dormida en los cómodos laureles del despertar económico que le reconoce el mundo, porque si no se combate el hambre con suficiente empeño más temprano que tarde se diluirán pasos trascendentales que se han dirigido hacia el progreso latinoamericano.

La senda de la reducción del hambre ya fue inaugurada y ahora es transitada, pero hay mucho en qué avanzar.  Además de mediciones más eficaces, la agenda del campo debe ser discutida en las ciudades como una prioridad, para que se puedan solucionar sus necesidades, y el compromiso tiene que ser asumido por América Latina en su totalidad, quizás, unificada en un único proyecto cuya meta sea erradicar la desnutrición de estas tierras.

Hace una semana Enrique Peña Nieto, presidente de México, anunció el lanzamiento del nuevo programa oficial que combate la desnutrición en su país, cobijando, en su primera etapa, a 400 municipios con altos niveles de carencia alimentaria. Guatemala concibió en 2012 el programa “Hambre Cero”, con el objetivo de reducir durante los próximos cuatro años en 10 % la desnutrición que afecta al 49 % de la niñez. Colombia, mientras tanto, tiene en “De cero a siempre” un prometedor sistema de protección a la primera infancia, vulnerable a este problemática. Esto demuestra que, aunque éste es solo el comienzo, hay buenos ejemplos para trabajar, que con mayores esfuerzos podrían funcionar.

Mapa del hambre en el mundo 2012 realizado por el Programa Mundial de Alimentos.

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